Urresti: desbocado y autoritario

29 Ene
Urresti: su sesgo autoritario lo desnuda

Urresti: su sesgo autoritario lo desnuda

Malas Costumbres

Empezó con mucha energía. Apareció como el hombre capaz de dirigir con acierto la lucha contra la delincuencia y capaz también de devolverle a la Policía Nacional esa autoestima perdida, producto de sus limitaciones, incapacidad y actos de corrupción que periódicamente salen a la luz.

Sí, me refiero al ministro Daniel Urresti Elera, a quien la población comenzó a mirar con expectativa pues lo vio muy distinto, sobre todo, a sus dos antecesores, Wilfredo Pedraza y Walter Albán. Dos ministros muy cuidadosos de las formas, muy diplomáticos ellos, muy reflexivos, pero sin la experiencia y capacidad (más el segundo que el primero) para conducir una cartera difícil y compleja como el Ministerio del Interior.

Frente a ellos, Urresti apareció más dinámico y decidido a cambiar las cosas. “A poner orden en casa”, como suele decirse. Esta visión comenzó a ser alimentada con sus apariciones sorpresivas. Primero en “la Cachina”, ese emporio de La Victoria donde se venden autopartes robados mayormente, a vista y paciencia de todos. Allí cerró locales y se enfrentó a los mismos reducidores. Luego se le vio recorriendo peligrosas calles del Callao, acompañado de un contingente policial y conversando con los moradores de Los Barracones, ofreciéndoles seguridad y que las cosas “van a cambiar”. O encabezando la presentación de alguna banda capturada después de una feroz balacera o el decomiso de droga.

Gracias a este despliegue mediático, el ministro fue haciendo titulares. La población comenzó a identificarse con él, pues entendió que no era un “ministro de escritorio” y que había que “darle tiempo al tiempo”, pues nada se soluciona de la noche a la mañana. Más aun cuando el flagelo de la delincuencia corre parejo al aumento del narcotráfico, que alimenta la corrupción en la Policía, el Poder Judicial, Ministerio Público y cuanta “institución tutelar” se interponga en su camino.

Hasta podría afirmar que el propio gobierno se sintió más seguro con Urresti al frente del Ministerio del Interior. Su presencia permitía mostrar al régimen  interesado en combatir la acción delincuencial. El mismo presidente Ollanta Humala se le vio contento, feliz. Tanto, que hasta cuando la prensa descubrió que el flamante ministro está procesado por violar derechos humanos en la época del terrorismo (lo acusan de ser responsable de la muerte del periodista Hugo Bustíos, ocurrido en Ayacucho en el año 1988) la minimizó.

Tampoco le importó la ausencia de un plan ni sus desaciertos en la lucha contra la delincuencia: el fugaz allanamiento y cierre de negocios en “la Cachina”, pues no tenía facultades para ello. Lo importante fue la intención, el gesto del ministro. Tampoco interesó –al mes y medio de asumir el cargo–, las alucinantes estadísticas de capturas y desarticulación de bandas. O la requisa en Barranca de un camión supuestamente con 400 o 500 kilos de droga, de propiedad de un candidato de Fuerza Popular, que al final se descubrió era yeso. O que presentara a un grupo de policías sin preparación, el grupo Terna, como “altamente calificados” para luchar contra la delincuencia.

El despliegue mediático del ministro Urresti surtió efecto. Las críticas a su gestión parecieron exageradas y hasta hechas “con mala leche”. Urresti se convirtió en el ministro más popular del gobierno. Tanto que con la captura del traficante de inmuebles Rodolfo Orellana y su socio Benedicto Jiménez llegó a 47% de aprobación y hasta un sector del oficialismo lo comenzó a ver como presidenciable.

Empero, la “sorpresiva aparición” en Bolivia del fugitivo lobista Martín Belaunde Lossio, amigo de la pareja presidencial, no solo descolocó al gobierno, sino también al ministro Urrreti. Aun así, su presencia pública en los medios no disminuyó, sino aumentó. Se vio entonces a un Urresti mucho más descontrolado, despotricando e insultando vía twitter o en público a la oposición y a sus críticos, agrediendo a periodistas (la última fue el pisotón que le dio a un reportero de RPP) y a cuanto personaje se le cruzaba en su camino.

En las tres últimas semanas, el protagonismo del ministro Urresti ha sido tal que hasta llegó a convertirse en el “vocero de facto” del gobierno, desplazando de ese papel a la premier Ana Jara Velásquez, quien parecía perdida en el espacio.

No obstante, toda esta situación, junto al develamiento de que la inseguridad sigue en aumento (exalcaldesa Villarán asaltada y chef Acurio con auto desmantelado) tienen su lado positivo. Ha permitido desnudar y mostrar el verdadero rostro del ministro Urresti. No solo su lado chabacano, grotesco, sino también su cara autoritaria y hasta fascistoide.

Y esto es positivo, porque es mejor estar prevenidos desde ahora, a estarlo cuando su imagen haya crecido y resulte incontrolable, imparable. Más aún cuando hay quienes abrigan en su interior el deseo de verlo como candidato el 2016. Lo cual sería un grave peligro para el país. Si ahora parece incontrolable para la premier Ana Jara, y no dudo que lo sea para Ollanta Humala, me pregunto, qué nos deparará el mañana, si este personaje llega al poder ¿acaso tendríamos la reedición peruana de un nuevo Chávez, o un nuevo Mussolini?

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