Seguridad ciudadana: sin conciencia y sin rumbo

27 Nov
Todos pagan cupos.

Todos pagan cupos.

Malas Costumbres

Limitados. Un vecino me cuenta que llamó al Serenazgo de su distrito para informarle que en la vivienda contigua a la suya unos sujetos se habían metido a robar lo poco que quedaba, pues ésta había sido vendida y estaba desocupada desde hacía un mes. Es más, se percató que los facinerosos habían violentado la puerta principal y entraban y salían a su antojo. El temor del vecino era comprensible, pues temía que se metan a su casa por la azotea y terminen afectando a su familia. Entonces llamó al Serenazgo. Para su sorpresa éste se disculpó diciendo que no podía atenderlo porque necesitaba la autorización de los dueños de la vivienda para ingresar. Más bien le recomendó llamar a la comisaría del distrito. Lo hizo. Sin embargo, ahí le dijeron que no les correspondía porque la vivienda estaba fuera de su jurisdicción. Que debía llamar a la otra comisaría. De inmediato llamó, pero lo primero que hizo fue preguntar si les correspondía. Al responderle que sí, se entusiasmó y contó con pelos y señales todo lo acontecido la noche anterior. Pero ese fue su error. De un momento a otro el policía lo interrumpió, “¡Ah! entonces eso fue anoche….ahora no están…ah ya, ya….” Entonces, con la misma parsimonia y hasta indiferencia, le pidió que mejor llamara cuando regresen. “Bueno señor, si vuelve a escuchar los ruidos y están, nos pega una llamadita”.

Peloteo. Otro vecino me cuenta haberse quejado con Edelnor porque el personal a cargo de cambiar los postes antiguos por los nuevos, desconectó el parlante de la “alarma vecinal” de su barrio y no lo volvió a conectar. De inmediato llamó a la empresa para reclamar y la respuesta fue que la conexión le correspondía a la municipalidad, porque “sin autorización, había colocado los parlantes en postes de Edelnor”. “¿Postes de Edelnor…? “Oiga, le dijo el vecino con lengua de látigo, la máxima autoridad de la ciudad es la municipalidad y no ustedes, y los postes nos pertenecen pues somos nosotros quienes pagamos por servicio público”, a lo que el sujeto que atendió la llamada no supo qué responder, pues los argumentos eran contundentes. Pero igual, optó por repetir el mismo libreto y cerrarse en que “el reclamo no procede”. Fue entonces que el vecino llamó a Osinergmin, el organismo, dizque, supervisor de ésta y otras empresas de energía. Pero igual de grande fue su sorpresa, pues ahí tampoco le solucionaron el problema. Es más, le terminaron dando la razón a Edelnor. Me explicó que la joven que lo atendió se mostró amable e interesarla en escucharlo, por lo que se despachó a sus anchas y para rematar le dijo: “lo único que quiero señorita, es que Edelnor vuelva a conectar el parlante de nuestra alarma vecinal que desconectó, porque nos afecta la seguridad en el barrio. La alarma nos sirve para avisar al serenazgo y para ahuyentar a los delincuentes, y ahora está inutilizada; tan sencillo como eso”. En efecto, el problema se resumía así y la señorita pareció también entenderlo. Pero luego de hacer la consulta “legal” a algún abogado burócrata, terminó dándole la razón a la empresa proveedora. “Señor, la queja debe hacerla ante la municipalidad, son ellos los que deben solucionar el problema”, dijo. “¿Cómo!, estoy escuchando bien o no me ha comprendido. O sea que el que desconecta la alarma no tiene culpa sino aquel que la colocó? ¿Y así dicen ustedes defender a los vecinos? le dijo y desalentado optó por cortar.

Entrampados. Un conocido mío que está dedicado a la construcción me contó que estaba preocupado porque el banco no le “soltaba” el dinero para pagar la construcción del último pisos que le faltaba del edificio que construye en Lince. En un momento de la conversación me dijo: “incluso a los mafiosos del sindicato les estoy debiendo tres semanas…”. ¿Cómo?, le dije, no es que ahora existe un cuerpo especializado de policías para combatir la extorsión y el sicariato en la construcción? “Noooo, eso es en el papel. Eso no funciona, o seguramente es un organismo burocrático más….yo sigo pagando 500 soles semanales a estos fulanos…, sin que trabajen…y ya les debo más de mil quinientos….” “Pero ya les he hablado”. “¿Y mejor por qué no los denuncias?”, le dije ingenuamente. A lo que me respondió: “¿Qué quieres, que me chifen..?  ¡Ah, ya!, lo entiendo”, y pasamos a otro tema.

Otro conocido que también se dedica a la construcción me dijo un día: “Vez ese letrerito”. “¿Cuál?”, le dije. “Ese que está en la pared”. “Sí”. “Es del sindicato”, me comentó. En efecto, ahí con letras grandes se leía: “Base 28 de Julio” y otras cosas más en letras pequeñas. “Son los extorsionadores…., ya me marcaron, quieren su plata y meter a su gente cuando empiece la obra…..ah, pero ya les dije que todavía estaba en trámite… que volvieran en tres meses..”. Me lo decía con total tranquilidad, sin inmutarse, muestra de que estaba acostumbrado y que lo tomaba como algo habitual.  Es más, me dijo que pertenecían a la mafia del Callao “que domina toda esta  zona”. “Si vas por Virú, La Perla y toda esta zona, vas a ver varios letreritos como éste en obras que están por empezar, en trámite, como la mía. Lo hacen para marcar su territorio….como los perros marcan su territorio, igualito, para evitar que alguna mafia de Lima se meta. La policía ni cuenta. Ellos saben pero se hacen los locos; el serenazgo, menos.  “¿Y no tienes temor?”. Bueno, ya me acostumbré, los que pagamos somos nosotros y después, total, le trasladamos este gasto al cliente, al que compra”,  respondió.

¿Qué podemos extraer de estos tres relatos? Primero, que el Serenazgo está ahí, con una limitación más que pocos conocíamos, y que se suma a las otras como no portar armas, no detener a los delincuentes, falta de preparación adecuada, etc., etc. Pero lo peor es que, a sabiendas de sus limitaciones, ni siquiera pueden interceder ante la policía a favor de los vecinos. Estos últimos, por lo general, no les hacen caso, los ningunean. Segundo, que la municipalidad no gobierna la ciudad sino más bien, esta es sometida por las grandes empresas, que le imponen sus reglas a ella y a la ciudad. Pero lo más importante: que los llamados organismos supervisores no supervisan nada o muy poco. Y, en otros casos, se convierten en furgones de cola de las empresas que las financian y que cuentan con equipos de abogados que no usan criterios razonables y menos entienden que la seguridad está primero, sino criterios legalistas con los cuales pretenden someter la realidad a ese corsé de leyes contradictorias y poco favorables a la población. Y tercero, que la denominada Dirección Nacional de Protección de Obras Civiles (en reemplazo de la División de Protección de Obras Civiles que desde hace varios años ¿existe? en Lima), cuya creación fue anunciada por el ministro Daniel Urresti, en julio de este año, sigue siendo un fantasma o parte del rosario de buenas intenciones y de promesas del actual gobierno. En la práctica, todo sigue igual. Salvo, mejor parecer.

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Una respuesta to “Seguridad ciudadana: sin conciencia y sin rumbo”

  1. Alfonso Lino 27 de noviembre de 2014 a 11:29 am #

    Estimado Chacho,

    Muy cierto lo que dices y el gran problema es que no hay autoridades en la ciudad, por eso las mafias hacen lo que les da la gana impunemente

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