¿Vivimos en una sociedad enferma?

21 May
"Locos pasivos". Pero hay de los otros que pasan desapercibidos. Más peligrosos y sanguinarios (F. Internet)

“Locos pasivos”. Pero hay de los otros que pasan desapercibidos. Más peligrosos y sanguinarios (F. Internet)

Ojo Avizor

Lo sucedido a Maryorie Keiko V.S., de 16 años, en San Juan de Miraflores, violada y asesinada, nada menos que por su médico, Ángel Valdivia Calderón, es una clara muestra de lo que está ocurriendo en nuestro país. Tras admitir su crimen porque “se le pasó la mano”, según dijo el “doctor muerte”, han salido algunas denuncias más que terminan mostrando el verdadera rostro de su autor.

Este caso, como aquel otro también reciente en que el sujeto Abel Félix Pillaca Contreras asesina a su conviviente dislocándole la cabeza y clavándole un desarmador en la sien por negarse a vender a sus menores hijos a 10 mil soles, ¡Sì! así como lo lee, ponen en evidencia que se trata de personas insanas, enfermas, desquiciadas, pero que aparentemente pasan inadvertidas para muchos.

En el primer caso, con el agravante por tratarse de un profesional, es decir, de una persona que, se supone,  tiene estudios “superiores” y por tanto, está lejos o ha sido despojado de su condición animal, primitiva. Pero no, eso  ocurre solo en teoría. Más bien pareciera que la fiera que todos llevamos dentro, sale y actúa con absoluta independencia y descontrol. Sin respetar si está dentro del cuerpo de un profesional, un académico, un científico o un vendedor de salchipapas. Igual es.

Obviamente no somos la excepción. Sociedades que consideramos del “primer mundo”, súper desarrolladas o cosas así, también tienen lo suyo. Un claro ejemplo lo vemos en Estados Unidos, un país poderoso, con un estándar de vida capaz de despertar la envidia hasta del más indiferente y apático. O con las universidades más destacadas del mundo. Pese a ello, de rato en rato, aparece allá, en alguna escuela, algún desquiciado que, con arma en mano, arremete a balazos contra profesores y alumnos, matándolos como si fueran moscas.

La última monstruosidad en USA ha sido el descubrir a un sujeto llamado Ariel Castro, el “monstruo de Cleveland”, en Ohio, que mantuvo en cautiverio por más de una década a tres mujeres, a las que violaba y maltrataba física y mentalmente. Pero lo más grave es que mantenía una doble vida; aparentaba ser un sujeto normal frente a su propia familia y sus vecinos, que lo consideraban “buena gente” y ni sospechaban de lo acontecía al interior de su vivienda.

El único “mérito” de este trastornado sujeto, por llamarlo de alguna manera, fue que ya en el 2004 se reconoció a si mismo, como un “depredador sexual”. Obviamente, eso que debería ser motivo de alerta en una sociedad desarrollada y organizada, de nada sirvió porque tampoco la sociedad norteamericana, con todos sus adelantos y previsiones, no pudo impedir que hiciera lo que hizo. Simplemente, nadie tomó en cuenta sus palabras del 2004.

En el Perú también tenemos “aportes”, como los dos casos mencionados. Pero sabemos que no son los únicos. Hay muchísimos más, como los de parricidio u otros crímenes atroces, protagonizados incluso por gente que uno creía honorable, pero sobre todo, sana. “Yo la conocí como una persona tranquila, no se metía con nadie”, se escucha decir. O aquella otra: “Tan buena y agraciada se le veía. La verdad que lo desconozco. Nunca pensé que podía llegar tan lejos y matar a su hijo con tanta crueldad”. Pero es la realidad.

Obviamente, el alcoholismo y la drogadicción contribuyen también en esa misma dirección. La tragedia del albergue “Cristo es amor”, donde murieron varios interior, es también otro claro ejemplo. Éste, como otros, son dirigidos por ex drogadictos y en la mayoría el 50% son drogadictos y el 50% restantes esquizofrénicos.

Con todo esto, es bueno preguntarse, si no somos una sociedad enferma. O una sociedad que aún no nos hemos despojado de nuestra condición animal, de nuestro primitivismo. Y lo más importante, ¿estamos en capacidad de reconocernos como tales?

Por lo pronto, el reconocido psiquiatra Enrique Galli, ha señalado que el 30% de peruanos padecen enfermedades mentales. Es decir, estamos hablando de casi 9 millones de personas, que no es poca cosa. Pero lo más importante es que sólo una ínfima parte de esa cantidad, seguramente menos del 1%, están internados en algún hospital psiquiátrico público o privado, o reciben discreto tratamiento ambulatorio o a domicilio. ¿Y el resto, dónde está? Obviamente, unos deambulando por las calles (los llamados “locos pasivos”), mientras otros, caminando por doquier, como si estuvieran sanos, como si fueran personas normales Por supuesto, en esta relación nadie se libra, ni siquiera los mismos psiquiatras.  Situación que agrave, qué duda cabe, el ya grave problema de inseguridad en las calles.

 

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