Recordando a “Gato Gordo”

10 Mar

Malas Costumbres

Guillermo Thorndike

Vi. 09 mar. 2012. Un día como hoy, hace tres años, nos dejó ese gran periodista y escritor Guillermo Thorndike. No voy a juzgar aquí sus ideas políticas ni mucho menos. Sería una discusión de nunca acabar y prefiero ubicarme en el interludio. Solo destacaré algunos pasajes de su amplia trayectoria periodísticas.

A Thorndike lo conocí, más que por sus notas periodísticas por sus libros. “El año de la Barbarie” y “El caso Banchero”, “Avisa a los compañeros, pronto”, “No, mi general”, fueron los primeros. Luego fui seducido por  varias de sus novelas históricas como “1879” “El viaje de Prado” y otras más que profundizaron mi conocimiento del Perú, a través de ese estilo cautivante, enganchador.

Hoy no me queda sino recordarlo y destacar lo que pude apreciar de él en el corto tiempo que lo traté y trabajé a su lado. Y es que “Gato Gordo” (como lo llamábamos con cariño) era un dotado. Alguien que nace con ese don natural para la noticia, como otros lo son para la música, las ciencias o los deportes.

Recuerdo que durante la dictadura militar, uno de los diarios que más me impresionó fue La Crónica, justamente dirigido por Thorndike.

Desde que pisó el periódico lo transformó radicalmente. De tabloide lo convirtió en estándar, similar en tamaño a El Comercio o La Prensa. Además, en cada página hizo un gran despliegue con textos largos y grandes fotos que el “Chino” Domínguez -su chochera, su “causa”, su compañero de combates periodísticos y de bohemia también-, alimentaba a diario.

Thorndike no reparaba en el gasto. Se hacía de buenas plumas y excelentes reporteros gráficos. Él mismo hacía notas a su estilo: extensas, llenas de detalles reveladores y cautivantes, y con un dominio del idioma poco común.

Dominaba todos los vericuetos del periodismo y “vomitaba” textos tras textos. No se le pasaba una. Lo importante para él era el contenido del diario y por esa vía, arrasar en ventas. Captar más lectores y hacerlo un diario influyente, respetable. Por lo general, lo lograba.

Su propia formación en el estilo sensacionalista del periodismo norteamericano lo llevaba a explotar al máximo la noticia. “A sacarle el jugo”.

Cuando asumió el timón del Diario de Marka, recuerdo, Thorndike observaba todo con meticulosidad. Sus ojos verdes, pequeños, detrás de sus anteojos, parecían recorrerlo todo.

Le interesaba el periódico en sí, es decir, el producto. Pero reparaba también en la gente que lo hacía. Veía su estilo de redacción, el enfoque de la noticia, la rapidez para escribir. Hurgaba en detalles. De las fotos, ni hablar. Era un apasionado por ellas. Por momentos daba la impresión que quería competir con la televisión.

Con esa mirada escrutadora, con ese “repaso” del producto y de su “ejército” de reporteros, fotógrafos, editores, diseñadores, etc.,  probablemente Thorndike confirmaba lo que tenía planeado hacer, pues siempre iba con una idea preconcebida y sin hablar mucho la aplicaba. De pronto, uno se veía envuelto en la dinámica que él había establecido. El periódico se volvía un torbellino. Un mar de agitación. En ese ambiente lleno de movimiento y nerviosismo, se gestaba la mejor noticia, el mejor producto. Y uno lo hacía con gusto, con pasión y muchas veces hasta sin probar alimento. Con apenas una taza de café y consumiendo cigarrillos a granel. No solo porque tenía al lado al jefe, sino por la confianza que él trasmitía.

Thorndike se convertía en uno más de la redacción. Su relación era horizontal con los periodistas. Pocas veces se le veía aislado en su oficina. Solo cuando le echaba mano a la máquina y se sumergía en sus escritos cerraba la puerta para “llenar” páginas. No era de aquellos directores encerrados en su “torre de marfil”, que muy de vez en cuando aparecían en la redacción para pontificar sobre tal o cual tema o impartir órdenes verticales. O para celebrar algún acontecimiento importante. Thorndike era jefe y peón a la vez.

Por la mañana, coordinaba con las jefaturas, daba instrucciones y hablaba con todos para saber en qué estaban y recoger sugerencias. Y,  por supuesto, de rato en rato, reía a carcajadas, como él sabía hacerlo. Con su vozarrón característico, llamando a uno y otro.

Entrada la tarde y noche, revisaba notas. Muchas de ellas terminaban en el tacho de papeles. Y luego él y su equipo se ponían a trabajar hasta tarde. Al día siguiente aparecía “otro periódico”. Así las ventas pasaron de 30 mil, 40 mil y hasta 65 mil respetables ejemplares diarios, si no me equivoco, a 120 mil y 140 mil ejemplares al día, bajo su dirección.

¿De qué se valía “Gato Gordo”? De sus “ediciones choque”. La más importante de ellas fue la dedicada a “Los espías telefónicos”, que puso al descubierto la existencia de un grupo de marinos que valiéndose de equipos electrónicos de telefonía, grababan conversaciones de los principales personajes de la vida política y económica del país. Era la primera experiencia que se tuvo de lo que hoy es tan común: el “chuponeo” telefónico.

Como era lógico, esta misión periodística tensó a toda la redacción. Recuerdo que durante tres días nos amenecimos vigilando a los marinos “espías” del jirón Washington, hasta su desenlace, cuando otro grupo de la Marina tuvo que ir a rescatarlos, porque los “espías”, que se ocultaban en el edificio, estaban sin alimentos y no podían salir sin ser vistos y fotografiados.

Fue entonces todo un acontecimiento y se armó tremendo escándalo político. El gobierno de Belaunde tambaleó. El Parlamento terminó tratando el tema. Los otros medios que al inicio ni importancia le daban, comenzaron a sumarse a la vigilancia. Por supuesto, las ventas del periódico se dispararon y obligó a esos otros medios a seguirnos.

Thorndike reía a carcajadas, como él sabía hacerlo. A esta campaña le siguieron otras, con igual éxito. El periódico aumentó su influencia y también sus ventas.

Después volví a ver a “Gato Gordo” en ese diario fugaz patrocinado por Alan García, “Página Libre”. Ya para entonces “Gato Gordo” había dejado La República, periódico que fundó y echó a andar exitosamente, sacándolo del subsuelo con sus ediciones sobre el caso Perochena y otras más, que resultaron un éxito en ventas y que permitieron sacar al periódico del hoyo económico, darle la estabilidad que necesitaba y sentar las bases para su futura consolidación.

En Página Libre (PL), nuevamente pude comprobar el talento de Thorndike, pues prácticamente hizo el periódico de la nada hasta convertirlo en un referente político.

Recuerdo que en el local de Javier Prado Oeste, donde funcionaba el diario, numerosos jóvenes universitarios (alumnos de periodismo, comunicaciones, literatura, historia, etc.) acudían para conocer y engancharse.

A Thorndike no le molestaba que el hall y los jardines estuvieran llenos de gente charlando, fumando o tomando café de pie y otros sentados en la escalera. Todos en un “lorear” terrible y esperando una oportunidad para trabajar.

“Chacho, esto es como la selección natural de las especies. Aquí, los más fuertes sobreviven y se quedan, los demás se irán”, me dijo una vez, y así fue. Con el tiempo sólo quedamos un grupo relativamente pequeño. Pero PL fue un periódico coyuntural y desapareció del escenario tras lograr su objetivo.

Años después “Gato Gordo” recorrió otros medios. Incursionó en la televisión y fundó otro periódico más. Aunque quizá no con la misma vigorosidad ni tampoco con los mismos resultados que antes. Los tiempos también habían cambiado y los empresarios eran “de otra clase”, por decirlo de alguna manera.

Cuando volví a integrarme al nuevo Expreso -que resultó ser la mala sombra del Expreso de jirón Ica en donde trabajé-, me causó nostalgia enterarme que Guillermo había estado dirigiendo Extra, en esa oficina nada atractiva, para ser generoso. No lo podía creer. Pero luego se retiró. ¿Las razones? No las sé, pero me imagino. Si bien Thorndike era un gastador empedernido, también sabía valorar a los periodistas. Siempre les daba su lugar y no aceptaba que le pagaran mal ni que trabajaran en condiciones paupérrimas.  “Nada de hoteles dos estrellas. Buen hotel y buena comida, como debe ser, porque tú me representas y representas a este periódico”, me dijo una vez, cuando me encargó trasladarme al interior del país en busca de corresponsales.

Escribir era su pasión, la que no dejaba mientras alternaba con su diario batallar en periódicos o en la televisión. Sus libros, sus hijos. En ellos trabajaba como un infatigable albañil, horas de horas, dándole forma, acompañado de “Charo”, su querida esposa, riéndose a carcajada limpia, hasta que la muerte lo sorprendió aquella madrugada del 9 de marzo del 2009.

Tres años después de su partida, cuando ya muchos quizá te han olvidado, así te recuerdo Gran Thorndike.

(*) Fallas en el internet, me impidieron publicarlo ayer.

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Una respuesta to “Recordando a “Gato Gordo””

  1. Políticamente Incorrecto 11 de marzo de 2012 a 4:49 pm #

    Excelente crónica que refleja a un personaje único de la historia del periodismo peruano. Quienes conocimos a Guillermo nos emocionamos al leer este relato que lo retrata tal cual, y le hace justicia. Un merecido homenaje, sin duda. Felicitaciones

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