Ojo Avizor: Nunca estamos preparados

10 Feb

Lluvias, desbordes, inundaciones, huaicos, puentes caídos, carreteras destruidas, etc., etc. Este es hoy el panorama en muchas localidades del

Castigo implacable (Andina)

Perú.

Mientras centenares de familias disfrutan de las playas, muchísimas otras la están pasando mal. Ni siquiera Lima ha estado ajena a esta situación. Una inusual lluvia registrada en la noche del pasado martes, puso de vuelta y media a la población.

Como siempre, los sectores más afectados y vulnerables resultaron aquellos que habitan viviendas precarias en cerros y arenales. O viven en corralones, solares y viejas casonas de adobe y quincha, la mayoría en pésimo estado y hasta declaradas inhabitables por Defensa Civil. Pero tampoco se libraron las viviendas de “material noble” (ladrillo y cemento) cuyos moradores tuvieron que echar mano de baldes, lavatorios y cuanto encontraban para retirar el agua de habitaciones, azoteas y patios.

Sin embargo, estos azotes de la naturaleza no son nuevos. En mayor o menor medida se repiten todos los años, pues como el resto del mundo, estamos  a merced de los cambios climáticos y, en nuestro caso, a fenómenos como “El Niño” y “la Niña”.

Según el Senamhi -la institución encargada de monitorear los fenómenos climáticos-, esta vez las travesuras fueron de La Niña. Y vaya que están costando caro. Sin embargo, siempre se repiten y ponen en evidencia la falta de previsión para mitigar sus devastadores efectos.

Por eso, a la pregunta ¿qué se hace en materia de prevención para paliar esta situación? La respuesta es nada o muy poco. Falta previsión de sus autoridades y sobra dejadez en la gente. Tanto así que cuando las lluvias atenúan y los desastres pasan, todo el mundo se olvida y vuelve a lo suyo. Así sucede. Las autoridades, por supuesto, hacen lo mismo.

Son muy pocos los gobiernos regionales y municipalidades que aplican medidas preventivas: separan una parte de sus presupuestos para atender emergencias, ejecutan obras para reforzar sus riberas, levantan diques, reubican las viviendas a zonas más seguras, refuerzan las pistas, limpian las cunetas o las amplían, etc., etc.  Para la mayoría nada de eso existe. Por eso, cuando el fenómeno se repite son los que más lloran y hasta le echan la culpa al gobierno central  “por su falta de previsión”. ¿Qué hacen ellos?, pregunto. ¡Nada!

Igual sucede frente a los terremotos. Siempre decimos que no estamos preparados. Que muchas viviendas en Lima se vendrían abajo. No solo las viejas o aquellas levantadas informalmente en los cerros, al borde de los ríos y en abismos, sino muchos edificios modernos porque se construyeron sin respetar las normas técnicas, acogiéndose a la llamada “licencia automática” y sin supervisión alguna. ¿Se imaginan?

Lamentablemente esa es la cruda realidad. No estamos preparados para incendios, terremotos ni para lluvias inusuales ni de las otras. Menos para un tsunami o cosas de magnitud. Es decir, para nada.

¿Por qué? Porque carecemos de planes de mediano y largo plazo para ir resolviendo los problemas de base, para reemplazar la precaria infraestructura que se tiene y corregir las malas construcciones que se realizan. Pero sobre todo, porque no existe la voluntad necesaria para hacerlo. Para cumplir y hacer cumplir con normas elementales de previsión, así de simple. ¿Aprenderemos algún día? Tengo serias dudas.

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