El riesgo no interesa

5 Feb

Crónica

Una pareja con sus dos pequeños hijos sube apurada a una couster atestada de pasajeros. La mujer  “despacha” a sus hijos hacia adelante. “Póngase allá”, les dice, dirigiendo su mirada hacia el  chofer. Ellos, de seis y cuatro años, calculo, obedecen y se paran en aquel espacio donde se encuentra el motor. Es un desnivel del vehículo, algo más alto que el pasadizo. Los niños estiran sus bracitos y se agarran con dificultad de la baranda. Los padres avanzan a empujones hacia atrás. Al final se ubican a distancia de los niños. Se les nota alborotados y despreocupados a la vez. Luego, al padre más le interesa discutir con el cobrador porque quiere pagar dos soles cincuenta por los cuatro, mientras el cobrador le exige 0.50 céntimos por cada niño y un sol por adulto. En esa discusión, a media voz, están buen rato. Por momentos la mujer quiere poner fin e intenta cubrir la diferencia, pero el esposo se lo impide e insiste, cambiando el tono de su voz: “Siempre pagamos lo mismo…te quieres pasar de vivo…”, le dice en tono inquisitivo. Es un tipo de mediana estatura, algo grueso, de trato rudo y vulgar, con facha de cargador u obrero de construcción.  “Siempre pago 50 (céntimos)…”, vuelve a repetir…”además, ellos van parados”. Por ratos, la situación se pone más tensa ante la insistencia del cobrador de que se bajen.  A ninguno parece importarles los niños. Una joven al lado de los pequeños, les recomienda que se agarren bien….”porque ahí pueden correr peligro”, les dice. Se muestra preocupada. Ella presume que los niños han subido solos y que el mayorcito está al cuidado del más chiquitín. Para el chofer, las cosas son normales. No se inmuta por nada.  Él sigue su camino escuchando su música estridente y, de rato en rato, cuando el más pequeño se va hacia adelante a la menor frenada, hace un ademán con su brazo, devolviéndolo hacia atrás, “a su lugar”, digamos. Mientras atrás la discusión continúa. “Bajan…”, se escucha una voz. “Este no es paradero señora”, responde el cobrador. La señora calla. “Bajan en el siguiente paradero….”, dice el “llenador” dirigiéndose al chofer.

De rato en rato retoma la discusión con la pareja que reclama. El cobrador no quiere dar su brazo a torcer. El otro tampoco. Su mujer, algo atribulada, lo mira afligida, pero éste sigue en sus trece. Tras la parada, el chofer acelera porque otro vehículo de su mismo comité lo ha adelantado y recogió a seis pasajeros o…¿víctimas?, aprovechando  que él tuvo que esperar a que la anciana baje. Pero una vez que el cobrador se “deshizo”  de la carga (sí, porque así nos consideran, “plomo” le dicen a quien recorre ruta larga), al bajarla prácticamente en vilo y ponerla en la vereda, la couster arrancó a todo meter. Señal de que la carrera había comenzado.

De pronto la gente se bambolea de un lado para otro. Al inicio suavemente. Pero a medida que el chofer acelera y frena y vuelve a acelerar, la gente se va, unas veces adelante, otras hacia atrás, como si fueran esos muñecos “porfiados”. Los niños se sujetan fuerte a un fierro. La joven que está a su lado, no deja de mirarlos, está atenta. Sin embargo, antes de que ella pueda hablarle algo al oído al chofer, éste dá una frenada brusca, violenta, mientras vira el timón hacia la izquierda. Pero todo es en vano. La couster termina empotrada en el lado izquierdo de un camión que lleva un contenedor.  Los niños terminan golpeándose contra el parabrisas, pero sin romperlo. Igual la señora que estaba en el asiento delantero hablando por su celular en ese momento.

Yo me cojo fuerte del pasamanos, pero aún así, mi cuerpo se va hacia adelante, junto con los demás, y después regresa con fuerza. Siento el peso de los que están a mi lado.

En medio de ese desorden, todos le reclaman al chofer. “¡¡Eres un animal!!” “…crees que estás llevando ganado” “¡Imbécil!, …por poco mis hijos salen volando por la ventana”, requinta la desesperada madre, después de abrirse paso a empujones para “rescatar” a sus pequeños, a quienes mandó al lado del chofer , como si ahí estuviesen más protegidos. El padre también lanza insultos de todo calibre contra el chofer y el cobrador. Los demás tratan de calmarse luego del choque, que felizmente no llegó a mayores. Solo hubo contusos, entre ellos uno de los niños.

La joven, quien logró coger la cabeza del más pequeño amortiguando el golpe contra el parabrisas, se muestra sorprendida. Recién se percata que los niños no viajaban solos. Entonces, su decepción es enorme. “Yo pensaba que viajaban solos…creí que no tenían padres y ahora salen como fieras”, me comenta. Luego todos abandonan la couster , dejando al chofer y cobrador discutiendo con el conductor del camión. Los padres y sus pequeños bajan igual y mientras caminan y se alejan, la mujer le frota la frente al que recibió el golpe y le habla como llamándole la atención, mientras el padre. igual de despreocupado, sonríe, como si nada hubiera pasado.  Total, esta vez no pasó de un susto. Pero no siempre es así. Me pregunto, si algún día todo esto cambiará. ¿Bono del chatarreo? ¿Educación vial? ¡Sabe Dios!

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