Mala experiencia

3 Nov

Ojo Avizor

03 nov. 2011. Así como el Estado (ministerios, municipalidades, etc.) busca que la gente se formalice para que pague sus impuestos, así también debería reconocer sus faltas y reparar los daños que causa y con la celeridad que exige la población.

Mi amigo Juan, que es un taxista experimentado y vivaz, tuvo en la noche del domingo una amarga experiencia, cuando después de dejar a un pasajero en la Av. Venezuela, cerca del bypass de la Ciudad Universidad de San Marcos, quiso voltear a la izquierda para enrumbar por la Av. Universitaria con dirección a la Av. La Marina.

El carril, sin embargo, se encontraba sin pavimentar, pero aún así quiso ser formalito y “respetuoso de las reglas”. Entonces, como estaba oscuro avanzó lentamente unos quince metros y cuando pretendió voltear a la izquierda, sintió un golpe seco debajo del vehículo, al tiempo que la parte delantera se hundió en un desnivel. Bruscamente se percató que la dichosa pista había terminado, que no había rampa alguna para descender y que la tierra afirmada estaba a unos 30 centímetros de la pista. Así, de un momento a otro se encontró hundido en un hueco. El “golpecito”, por supuesto, le dañó el carter y el motor comenzó a perder aceite. La reparación le costó muchísimo más caro que la carrera que había hecho y, además, perdió dos días de trabajo.

¿Quién debía reparar el daño? La Municipalidad Metropolitana de Lima, por supuesto, porque se trata de una vía metropolitana. Dicha comuna debió colocar un letrero indicando el desvío. O una tranquera para evitar que los conductores sigan de frente y caigan a ese “pozo” como mi amigo Juan.

Lamentablemente, la reparación le costó caro. Pero mi amigo tenía el consuelo de que si hubiera reclamado a la comuna de Lima “ahora estaría con el hígado destrozado porque seguro que me mandan de un lado para otro y nada. Me terminan meciendo”. No lo dudo. Le hubieran ganado por cansancio. Le hacían llenar un montón de papeles para embromarlo, lo citaban una y otra vez y, al final, terminaba perdiendo más dinero y tiempo del que perdió arreglando su camioneta.

Por supuesto, ese fue un consuelo para mi amigo Juan, pero no debería ser así. Su caso no es tampoco el único.  Seguramente muchos conductores han repetido la historia en ese mismo lugar o en otros. Todos sabemos que en Lima abundan las pistas rotas, buzones sin tapa, rompemuelles sin pintar y calles sin señalizar. Pero como suele decirse: aquí nadie se da por enterado.  Ni los “defensores del consumidor” ni los defensores del pueblo. Menos las municipalidades. Me pregunto ¿algún día podremos cambiar?

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